No teníamos lugar donde dormir, la ruta a seguir la definíamos en cada cruce y la tormenta se acercaba.

Nos paramos a elegir el camino.

Nos paramos a mirar las nubes.

Nos paramos a oler el viento y sentir donde estábamos.

Ambos sonreímos a la vez.

Con el corazón palpitando y la magnifica sensación de que estábamos locos, decidimos seguir ruta hacia lo más gris.

Fue la mejor decisión que tomamos, la sonrisa bajo el casco nos duró horas y no cayó ni una gota, pudiendo disfrutar de un paisaje y unas curvas impresionantes.

La idea de que pudiera llover podría haber arruinado nuestra magnífica experiencia, pero no dejamos que «el miedo a» se hiciera realidad hasta que no fuese una realidad.

No dejes que lo que parece ser «sea», hasta que lo sea de verdad.

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